martes, 10 de febrero de 2026

1° Jornada Federal brigadier General Don Juan Manuel de Rosas

 















LA FE ERRANTE

 LA FE ERRANTE 

Tres frentes enemigos tuvo que enfrentar el gobierno de la provincia de Buenos Aires en el transcurso de 1839, y sobre todo, hacia finales del mismo. 

Juan Lavalle fue durante sus últimos años, un mero instrumento de Francia, en cuanto a ser solventado financiera y militarmente, en cualquier acción que desestabilizara al gobierno presidido por Rosas. 

Francia, que en 1838, había decidido bloquear el puerto de Bs As, debido a exigencias impertinentes de un agregado de negocios francés, se había declarado enemiga de Rosas, fomentando por todos los medios posibles, su caída. 

El tercer frente que tuvo que combatir el Restaurador, fue por caso, el de un grupo de jefes militares y estancieros del sur bonaerense. Una revuelta iniciada a principios de noviembre de 1839, propiciaba la caída del gobernador de Bs As, apoyada por las conversaciones que Rico y Cramer tuvieron con el jefe militar unitario, y con el apoyo de Francia, convencida que varios frentes aniquilarían, cualquier resistencia del dictador. 

-¿Por qué un grupo de estancieros se rebeló contra Rosas, siendo éste poseedor de una influencia y respeto sin igual en los  terrenos rurales del sur de la provincia?-

- Naturalmente por el bloqueo al puerto de Buenos Aires,  la actividad rural se vio particularmente afectada. Los cueros de exportación, se pudrian en las barracas, y esto produjo un gran descontento en los hacendados de Dolores y Monsalvo. 

Pero, en realidad, una razón poco mencionada por la historiografía liberal, tenía por caso estar relacionada, al fin de las enfiteusis, que el gobierno de Rosas había modificado en su ley en 1836 (cuando vencía el contrato enfituitario creado por Rivadavia ) 

"Pedro Castelli, Marcelino Martínez Castro, Matías, Ezequiel y Francisco Ramos Mejía (hijo), Benito Miguens, Francisco Bernabé Madero, José Ferrari, Apolinario Barragán y Leonardo Domingo de la Gándara fueron los iniciadores del Levantamiento.

La heterogeneidad de estos sujetos, tanto en sus trayectorias políticas como en sus prácticas socio-económicas, es un reflejo de la diversidad que imperaba en la campaña hacia fines de los años treinta del siglo XIX. Y es también una muestra de las divergencias al interior del federalismo y de las formas locales del poder rosista". (Gelman. 2009. 123) 

Las familias Ramos Mejía y Miguens, junto con Campos, Sáenz Valiente, Álzaga, Ezeiza y Díaz Vélez evocan el pasado de las élites rioplatenses más destacadas. De todas ellas hubo algún miembro, o varios, que tomaron parte en el Levantamiento. Este hecho era percibido por los actores implicados,  ya que Castelli en su proclama señala:

“…valientes paisanos ¡libertad o morir con honor! Que el tirano a quien vosotros elevasteis a la cumbre del poder ¡muera! y que su sangre lave las ofensas que se os ha hecho. ¿No os conmueve, ver entrelazados en nuestras filas a los hombres de más fortuna y saber? ¿No dejan como vosotros sus familias y sus comodidades y marchan a la guerra a participar de sus males? Imitad este ejemplo y ocuparéis en la historia un lugar eminente, y en el afecto de nuestros compatriotas su reconocimiento sin límites…” (Carranza, 1919: 187-188).

La visión de la Historia social es mucho más ecuánime -que la oficial- en cuanto al estudio profundo de las relaciones de poder en la esfera rural y en las verdaderas causas del levantamiento de algunos terratenientes, en la zona del Tuyú. 

-Jueces, alcaldes y tenientes: las redes locales al servicio de los Libres:

- La capacidad de movilización de los sublevados radicó en la notoriedad que muchos de ellos tenían en las zonas en que se avecindaban. Notoriedad que en muchos casos estaba dada por su participación en los Juzgados de Paz, es decir, en la propia red institucional de gobierno. Entre estos personajes podemos mencionar a José Otamendi, que era Juez de Paz de Monsalvo al momento del Levantamiento y había sido Teniente Alcalde del Cuartel n° 5 del mismo partido, en donde tenía una estancia. También participó de la sublevación su hermano Fernando, que era hacendado en la zona.

               -Rico,  Cramer ....Castelli'

Dos personajes de distinta procedencia; En primer lugar, se encuentra Manuel Leoncio Rico (1798-1841). Pertenecía a una familia de recursos modestos, por lo que se dedicó al trabajo rural en la zona norte de Buenos Aires. Se interesó por la carrera castrense y formó parte de la expedición al sur de los años 1833 y 1834. A partir de allí combinó las dos actividades, rural y militar. Era el segundo a cargo del Regimiento de Campaña n° 5, con sede en Dolores, en donde era vecino y ejercía tareas campestres. Carranza evoca una situación de descontento entre Rico y Rosas, y luego entre Rico y Narciso del Valle, que fue aprovechada por los Libres para ganar su adhesión. 

Ambrosio Crámer nació en Francia en 1792, participó de las Guerras Napoleónicas y luego emigró al Río de la Plata, en donde se sumó a las Guerras de Independencia. En 1822 contrajo nupcias con María Francisca Capdevila, cuyo tío, Pedro de Alcántara Capdevila, era propietario de tierras en el sudeste. Al fallecer Pedro Capdevila en 1828 transfirió sus tierras en enfiteusis a Ladislao Martínez Castro (hermano de Marcelino) (Mazzanti et al., 1991: 37). Crámer era miembro accionista de la Sociedad Rural (Flores, 2010: 102). En el mismo año dirigió el reconocimiento del fuerte del Carmen del Río Negro[35] y en 1825 formó parte de la comisión que comandó Juan Manuel de Rosas al sud de la Provincia. De acuerdo con el diario de esta expedición De Angelis (1837: 154-213), recorrieron mayormente el sudeste. Crámer asistió con el fin de representar los derechos de la Sociedad del Volcán[36] y figura como militar reformado y agregado a la Comisión. De acuerdo con el diario, Crámer asistió “con su dependiente, un capataz, ocho peones, una carretilla toldada, 10 novillos y 60 caballos” (De Angelis, 1837: 172).

Era propietario de la estancia La Postrera, situada en la margen sur del Río Salado y correspondiente al Cuartel IV del partido de Dolores, en donde funcionaba una pulpería. También tenía otro establecimiento en la zona llamado Los Rengos (Mascioli, 2002: 119). En el censo realizado en 1836 figura como dueño de tres esclavos en Dolores (Pirali, 2013: 57). Fue agrimensor del Departamento Topográfico de Buenos Aires y como tal realizó más de ciento diez mensuras a terrenos de particulares entre 1826 y 1839, la mayoría de ellas, alrededor de cien, al sur del Río Salado. Algunas de las personas que solicitaron sus servicios fueron: Pedro Capdevila, Félix Álzaga, Pedro y Bernabé Sáenz Valiente, Leonardo Domingo de la Gándara, José de la Quintana, Eusebio, Felipe y José Miguens, Juan Ramón Ezeiza, la compañía Zimmerman & Cía (para la que supo trabajar Pedro Castelli) y Eustaquio Díaz Vélez. Todas ellas, salvo dos mensuras realizadas para Pedro Capdevila en Avellaneda y en Berazategui fueron realizadas en el sud de la provincia, en los partidos de Dolores, Monsalvo, Chascomús y en la zona del Fuerte Independencia.[37] Además de realizar mensuras, Crámer diseño el trazado del pueblo de Tandil (D’Agostino, 2012: 93).

En 1823 Pedro Castelli había dejado la carrera de las armas. Fue granadero de San Martín, tuvo su bautismo de fuego a los 16 años en el combate de San Lorenzo, estuvo en el Sitio de Montevideo, peleó contra Artigas y en la sublevación de Fontezuelas, que provocó la caída del director Carlos María de Alvear. Segundo hijo de los seis del vocal de la Primera Junta, Juan José Castelli, primero administró la estancia La Esperanza, ubicada en el Divisadero de los Montes Grandes y cuando tuvo un capital considerable, y con la ayuda de su amigo Manuel Campos compró tierras en Cerro Paulino, cerca de las sierras del Volcán, en el sur de la provincia de Buenos Aires. Era un próspero ganadero y un enfiteuta. 

             -el "cardo" y Prudencio-

Hermanos de Juan Manuel de Rosas, tuvieron distintos protagonismos en el caso; Prudencio fue el comandante militar de la operación que desbaratría el levantamiento. 

En cambio Gervasio, fue señalado por Vicente "carancho" González -entre otros- como parte activa en el levantamiento, proporcionando información. 

Esto deriva en una anécdota, donde se supone que Rosas es llamado por su madre, doña Agustina López de Osornio, a rendir cuentas en función de una posible represalia hacia Gervasio. 

                     -Las enfiteusis- 

En los años de crisis, hubo dos conjuntos de medidas fiscales que apuntaban a equilibrar la balanza del gasto público que tuvieron un impacto en el ámbito rural bonaerense. Por un lado, se modificó el sistema de enfiteusis[8] mediante la puesta a la venta de más de 4 millones de hectáreas que estaban bajo ese régimen. A su vez, en 1836 se duplicó el canon fijado y se decretó que se venderían las tierras de los titulares que registraran deudas en el pago. Entre 1836 y 1843 fueron escrituradas 3.411.042 hectáreas de tierras públicas, lo que representaba el 50% de las tierras en enfiteusis. El mayor número de operaciones se produjo a partir de 1838. Desde ese año y hasta 1843 se vendieron algo más de 2.363.500 hectáreas, beneficiándose en su mayoría los propios enfiteutas (93%) aunque también compraron tierras los arrendatarios (D’Agostino, 2012:106).[9] Por otro lado, a comienzos de 1839 también se varió la Contribución Directa[10] al sumar las tierras en enfiteusis al cálculo del impuesto y se puso en manos de las autoridades locales la tarea de calcular los bienes a gravar. Esto hizo que aumentaran significativamente la cantidad de capitalistas censados y la recaudación.[11] En parte porque los responsables de contabilizar percibían el 1% de lo recaudado (Gelman & Santilli, 2004: 241).

Conclusiones:

De los tres frentes abiertos para destituir a Rosas, los tres fracasaron. El comandante Rico alcanzó a huir y subirse a un barco que lo cruzó a la otra orilla. Pero Crámer y otros jefes murieron en el combate. Hicieron unos 400 prisioneros entre peones y gauchos que Rosas liberó, diciéndoles que prefería creer que habían sido engañados y obligados a tomar las armas. Rosas premió a los que habían demostrado fidelidad regalándoles tierras que hasta el día anterior pertenecían a los complotados. 

Pedro Castelli fue muerto luego de que lo descubrieran el día 15 escondido en una estancia, y el soldado Juan Durán le cortó la cabeza. El 17 la clavaron en la pica en la plaza donde los revolucionarios habían dado el grito de libertad. Prudencio Rosas informó que: 

“con la más grata satisfacción acompaño a usted la cabeza del traidor foragido unitario salvage Pedro Castelli, general en gefe titulado de los desnaturalizados sin patria, sin honor y leyes, etc., para que la coloque en medio de la plaza á la espectación pública…la colocación de la cabeza de ser en un palo bien alto, debiendo estar bien asegurada para que no se caiga y permanecer así mientras el superior gobierno disponga otra cosa” (SIC).(Adrián Pignatelli 2021. Infobae) 

Lavalle que quiso aprovechar el abandono de Echagüe de la provincia de Santa Fe, debido al envalentonamiento de éste cruzando el Uruguay para marchar contra el "pardejón" Rivera, equivoca su plan estratégico. Su apoyo a los estancieros del sur, que se evidencia por los intercambios epistolares de los jefes de la revuelta y el militar, tenia por caso, ser un apoyo militar. Nunca llegó. 

Francia en 1840 terminaría celebrando un tratado con la Confederación Argentina, levantando el bloqueo y dejando en "off side" a todos los actores que habían participado de las distintas conspiraciones (no olvidemos el antecedente de los Maza) 

Lo cierto, es que la fe que impulsó toda acción contra Rosas, no tuvo identificación alguna con las comarcas del sur bonaerense. Los peones rurales y los indios le debían absoluta lealtad al padre de los gauchos. La fe que movió tales intereses, fue una fe errante. No tanto por su concepción ideológica, sino, por lo incapacidad de comprender el verdadero sostén del Restaurador y su gobierno. Ell elemento popular. Milicia y pueblo. 

Ricardo Geraci

Imágenes: referencia al pie de las mismas.



viernes, 24 de octubre de 2025

BOLETIN DE OCTUBRE

Rosas en los altares

Durante el segundo gobierno de Juan Manuel de Rosas (1835–1852), la figura del Restaurador alcanzó una dimensión simbólica que trascendió la política, transformándose en una especie de culto civil-religioso. Este fenómeno, conocido como “Rosas en los altares”, mezcló los rituales católicos con el fervor político federal, generando una devoción pública sin precedentes hacia un gobernante.

La sacralización del Restaurador

Rosas fue proclamado “El Restaurador de las Leyes” y se lo consideraba el garante del orden, la religión y la patria. En templos, oficinas y casas particulares se colocaban retratos suyos junto a imágenes sagradas, acompañados de la inscripción:

Viva la Santa Federación! ¡Mueran los salvajes unitarios

Los altares con su retrato, a menudo rodeado de velas, flores y cintas rojas, eran una expresión de lealtad política y devoción simbólica, donde la imagen del caudillo se fundía con la del orden divino.

Si bien Rosas mantuvo una relación tensa pero pragmática con la Iglesia Católica, comprendió el valor político de la religión como instrumento de cohesión social.

Permitió procesiones y misas federales.

Usó símbolos religiosos en su propaganda.

Y promovió la idea de que su autoridad provenía de Dios.

Algunos sacerdotes incluso predicaban que obedecer a Rosas era obedecer a la voluntad divina, consolidando así la figura del Restaurador como un “ungido del Señor”.

El altar simboliza la patria.

Los sacerdotes y fieles representan al pueblo federal.

Las velas y ornamentos evocan la idea del poder bendecido por lo divino.

Es una escena alegórica que retrata cómo el rosismo convirtió al líder en un símbolo casi místico, mezcla de gobernante, protector y santo político.

El culto a Rosas fue un fenómeno de su tiempo, producto de la lealtad popular, el control político y la devoción simbólica. Tras su caída en 1852, los enemigos del rosismo interpretaron este fenómeno como idolatría política, pero hoy los historiadores lo ven como una manifestación cultural del nacionalismo temprano argentino, donde el pueblo buscó en Rosas un eje de unidad y fe.

“Rosas en los altares” es más que una anécdota religiosa: es la expresión visual del vínculo profundo entre fe, patria y autoridad durante la Santa Confederación.

La imagen del Restaurador en los altares representa un momento donde el poder político se volvió objeto de culto, y la religión, instrumento de identidad nacional.

Por Ariel Agustín Quiroz 

Juan Manuel de Rosas y la Iglesia Católica

La relación entre Juan Manuel de Rosas y la Iglesia Católica fue una de las más firmes y estratégicas de su gobierno. Rosas entendía que la religión era un pilar fundamental del orden social, y la utilizó como instrumento de cohesión moral y política en un tiempo de guerras civiles y desunión nacional.

Rosas sostenía que sin religión no podía haber autoridad ni respeto. Consideraba que la Iglesia era una institución esencial para mantener la moral del pueblo, por eso promovió:

El culto católico oficial como religión del Estado.

La enseñanza religiosa en escuelas.

El respeto estricto a los ritos, procesiones y festividades católicas.

Bajo su gobierno, se fomentó una fuerte identidad católica y federal, donde Dios, la Patria y el Orden eran inseparables.

Rosas mantuvo vínculos cercanos con el clero porteño y del interior.

Muchos sacerdotes federales apoyaban su causa, predicando la obediencia y la fidelidad al Restaurador.

Rosas protegió a los religiosos que respaldaban su autoridad y, al mismo tiempo, expulsó a los curas opositores o vinculados con los unitarios.

El púlpito fue una herramienta política: desde allí se legitimaba su gobierno como defensor del orden cristiano frente al caos liberal.

Rosas mantuvo la doctrina del Patronato, que daba al Estado poder de decisión sobre los asuntos de la Iglesia en el país.

Esto significaba que:

El gobierno debía aprobar los nombramientos eclesiásticos.

Controlaba la correspondencia con el Vaticano.

Limitaba la influencia directa de Roma sobre el clero local.

Aunque respetuoso del Papa, Rosas defendía la soberanía nacional frente al poder extranjero, incluso el religioso.

No todo fue armonía. Algunos miembros del clero criticaron el autoritarismo rosista y su persecución a opositores.

En respuesta:

Rosas impuso censura religiosa, prohibiendo sermones o escritos contrarios a su gobierno.

Los curas unitarios fueron desterrados o confinados.

Sin embargo, esta represión se justificaba en nombre de la defensa del orden, la fe y la Patria.

El gobierno rosista integró la iconografía católica a su propaganda política:

Las imágenes de la Virgen y los santos aparecían junto a los símbolos federales.

El lema ¡Viva la Santa Federación! se pronunciaba junto a ¡Viva Jesucristo!.

En los actos públicos se mezclaban ceremonias religiosas con celebraciones políticas.

Esto generó una fusión entre religión y patriotismo, donde la figura de Rosas se veía casi como un enviado de la Providencia.

La relación entre Rosas y la Iglesia Católica fue una alianza política y espiritual.

El Restaurador comprendió que la fe católica era el alma del pueblo argentino.

La Iglesia, a su vez, halló en Rosas un protector frente al liberalismo y la anarquía.

Aunque hubo tensiones, su gobierno marcó una de las etapas más religiosas y conservadoras del siglo XIX argentino, donde Dios, la Patria y Rosas fueron parte de una misma devoción popular.

Rosas defendía la religión católica no solo como fe, sino como fundamento del orden y la soberanía nacional.

Por Ariel Agustín Quiroz

La Santa Confederación Argentina

Durante el segundo gobierno de Juan Manuel de Rosas (1835-1852), la Confederación Argentina alcanzó su máxima organización política y su identidad ideológica más definida.

En este contexto surgió la expresión “Santa Confederación Argentina”, que reflejaba no solo un orden político, sino también una visión moral, religiosa y patriótica del país.

Tras años de guerras civiles entre unitarios y federales, Rosas asume nuevamente el poder en 1835 con facultades extraordinarias para restaurar el orden y la unidad nacional.

Desde Buenos Aires gobernó en nombre de la Confederación Argentina, un conjunto de provincias soberanas unidas bajo su autoridad moral y política.

En ese período, Rosas buscó consolidar tres pilares fundamentales:

1. La Religión Católica como base espiritual.

2. La Soberanía Nacional frente a potencias extranjeras.

3. El Orden y la Autoridad como garantía de paz.

Estos principios dieron origen al concepto de “Santa Confederación”, expresión que fusionaba el poder político con el sentido religioso del destino argentino.

El adjetivo “Santa” no fue casual: representaba la defensa de la fe católica frente a los valores liberales y anticlericales que venían de Europa y de los unitarios exiliados.

Rosas proclamó que la Confederación debía ser “santa” porque:

Defendía la religión católica apostólica romana como única fe del pueblo.

Rechazaba la influencia del protestantismo y del laicismo extranjero.

Elevaba la política al plano moral y espiritual, viendo a la Patria como una misión sagrada.

Así, la Santa Confederación Argentina se presentaba como una nación providencial, elegida por Dios para mantener la tradición, la religión y la soberanía.

Durante este período, el catolicismo se integró profundamente a la identidad política federal:

Los actos oficiales y las batallas se abrían con oraciones.

Los soldados federales juraban fidelidad a la Patria ante el crucifijo.

Las fiestas patrias incluían misas y procesiones.

El lema “¡Viva la Santa Federación! ¡Viva Jesucristo!” se convirtió en un grito popular.

El pueblo veía en Rosas un instrumento de la voluntad divina, destinado a defender la fe y el orden contra los enemigos internos y externos.

La Santa Confederación también tuvo una dimensión internacional:

Rosas debió enfrentar las presiones del bloqueo francés (1838-1840) y luego del bloqueo anglo-francés (1845-1850).

En ambos casos, las potencias extranjeras justificaban su intervención diciendo que querían “liberar” el comercio o “proteger” a los exiliados unitarios.

Rosas respondió con una firmeza patriótica:

Los pueblos de la Confederación están resueltos a ser libres, independientes y católicos, o morir en defensa de su religión y de su suelo.

Esta resistencia convirtió a la Confederación en un símbolo de soberanía moral y espiritual frente al imperialismo europeo.

Rosas creía que el orden federal no era solo una forma de gobierno, sino una expresión del orden natural querido por Dios.

Por eso, perseguía el caos político y el liberalismo con la convicción de estar defendiendo un principio sagrado.

La obediencia, la familia, la religión y el trabajo eran valores centrales del pueblo federado.

La Santa Confederación Argentina fue más que una denominación política:

fue una idea moral, religiosa y patriótica que unió a las provincias bajo una causa común:

Dios, la Patria y el Orden.

El segundo gobierno de Rosas dio forma a esta visión:

un país soberano, profundamente católico y celoso defensor de su identidad nacional frente al extranjero y la anarquía interna.

Rosas se veía a sí mismo como el Restaurador del Orden y la Fe, y su pueblo lo consideró el guardián de la Santa Confederación.

La Santa Confederación Argentina fue el último bastión del orden cristiano y nacional frente al liberalismo que avanzaba sobre América.

SJuan Manuel de Rosas utilizaba la Cruz del Sur como símbolo distintivo para marcar su ganado, sus pertenencias y, en algunos casos, también como emblema personal.

La Cruz del Sur (la constelación austral visible en el cielo nocturno del hemisferio sur) fue adoptada por Rosas como marca de identidad y poder.

Este símbolo se usaba en:

Las marcas de fuego del ganado de sus estancias, como “Los Cerrillos” y “El Pino”.

Los aperos, banderas y sellos de su administración rural.

El estandarte personal que lo identificaba como jefe de la Campaña del Sur y luego como Gobernador de Buenos Aires.

La Cruz del Sur representaba el orden, la fe y la identidad nacional del territorio austral.

Para Rosas y sus seguidores, simbolizaba una alianza entre el poder terrenal y el divino, una forma de consagrar la causa federal bajo la protección de Dios.

También tenía un fuerte sentido criollo y gauchesco, ya que era la constelación guía de los hombres del campo.

En documentos de la época y testimonios de viajeros británicos, se menciona que el ganado de Rosas podía reconocerse fácilmente “por la cruz de fuego marcada en el lomo”, haciendo referencia justamente a este símbolo.

Por Ariel Agustín Quiroz


ALEGORÍA DE LA ÉPOCA DE ROSAS

Autor: Bernabé Demaría (Argentina, 1854)

Basada en: Las tentaciones de San Antonio, de David Teniers el Viejo (1582–1649)

Técnica: Óleo sobre tela

Ubicación actual: Museo Histórico de la Ciudad de Buenos Aires “Cornelio de Saavedra”

El cuadro, conocido como “Alegoría de la época de Rosas”, forma parte del patrimonio exhibido por el Museo Histórico de Buenos Aires “Cornelio de Saavedra”. Fue realizado en 1854 por el artista argentino Bernabé Demaría, quien adaptó la célebre obra flamenca Las tentaciones de San Antonio de David Teniers el Viejo.

Demaría copió casi textualmente la composición de Teniers, pero introdujo dos cambios significativos:

1. Invierte horizontalmente la imagen, posiblemente porque se basó en una reproducción grabada.

2. Sustituye a dos de los monstruos originales por las figuras de Juan Manuel de Rosas y Justo José de Urquiza, dándoles un carácter alegórico y político.

Estos reemplazos transforman la escena religiosa original centrada en las tentaciones del santo en una sátira política sobre la Argentina de mediados del siglo XIX, tras la caída de Rosas en 1852.

La obra utiliza el lenguaje visual del barroco flamenco para criticar el contexto político argentino posterior a Caseros.

Rosas, vestido con uniforme militar, representa el demonio del autoritarismo y el pasado reciente de la tiranía.

Urquiza, como segundo demonio, simboliza la ambigüedad del nuevo orden político.

El conjunto de brujas, diablos y seres grotescos alude a la corrupción moral, el fanatismo y las intrigas que marcaron la política nacional.

La presencia de ambos líderes puede interpretarse como una defensa de la separación del “Estado de Buenos Aires” respecto del resto de la Confederación, posición política que el propio Demaría sostenía como diputado bonaerense.

Bernabé Demaría (1815–1888) fue un artista y político porteño vinculado al liberalismo ilustrado de la época. Su obra se inscribe en el proceso de reconstrucción cultural de Buenos Aires después del régimen rosista.

La pintura fue expuesta en 1856 en el Salón del Recreo, un espacio de sociabilidad porteña donde se mostraban obras de arte, se leían diarios nacionales y extranjeros, y se presentaban ingeniosos artefactos ópticos. Allí, la “Alegoría de la época de Rosas” causó gran impacto por su audacia simbólica y su crítica política.

La “Alegoría de la época de Rosas” es una pieza clave del arte político argentino del siglo XIX.

Artísticamente, conjuga el lenguaje pictórico europeo con la sátira nacional.

Históricamente, documenta las tensiones ideológicas tras la caída del rosismo.

Culturalmente, refleja cómo el arte se convirtió en vehículo de opinión, memoria y reconstrucción de identidad.

Hoy, la obra puede visitarse en el Museo Histórico de Buenos Aires “Cornelio de Saavedra”, ubicado en Av. Crisólogo Larralde 6309, CABA, donde integra el acervo permanente del museo.

Museo Histórico de Buenos Aires “Cornelio de Saavedra”

Dirección: Av. Crisólogo Larralde 6309, Ciudad Autónoma de Buenos Aires.





jueves, 11 de septiembre de 2025

Saga: "El Vampiro Federal". Juan Manuel de Rosas

Saga: "El Vampiro Federal"

Tomo I: La Sangre y la Rosa

La historia comienza en el Rincón de López, donde Rosas pacta con fuerzas oscuras para obtener poder sobre la vida y la muerte.

El pacto lo convierte en un vampiro inmortal, alimentado con la sangre de sus enemigos.

Durante el día gobierna con la disciplina y el terror; de noche sale con su guardia personal de vampiros federales a cazar unitarios.

El Restaurador usa la sangre de los unitarios como símbolo de poder, mezclando el terror político con lo sobrenatural.

Tomo II: La Mazorca de la Noche

La Mazorca no es solo una policía política: es una secta vampírica que ejecuta rituales nocturnos y marca con sangre a sus víctimas.

Los unitarios comienzan a difundir rumores de que Rosas no envejece y que su mirada hipnótica somete a cualquiera.

La guerra civil se transforma en una lucha entre hombres y criaturas nocturnas.

Una resistencia secreta de unitarios busca un cazador de vampiros europeo para enfrentarlo.

Tomo III: La Confederación de las Sombras

Rosas extiende su poder sobrenatural por las provincias, enviando a sus generales vampiros a dominar las noches del Litoral, Cuyo y el Norte.

Los federales se convierten en una legión inmortal, imposible de derrotar en la oscuridad.

Los unitarios descubren un antiguo texto en las ruinas jesuíticas de Misiones que podría revelar cómo destruir al vampiro federal.

Surgen enfrentamientos nocturnos épicos en campos de batalla iluminados solo por la luna.

Tomo IV: Caseros, la Batalla de la Medianoche

La Batalla de Caseros se transforma en un choque entre ejércitos humanos y vampíricos.

Urquiza, con ayuda de extranjeros y un arma secreta (posiblemente un crucifijo relicario de los Andes), logra quebrar el poder de Rosas.

El Restaurador es herido y, para no ser destruido, se exilia a Inglaterra…

pero en realidad viaja para unirse a antiguos clanes vampíricos europeos, preparando su regreso.

Tomo V: El Retorno del Restaurador

Siglo XX: en la oscuridad de Londres, Rosas planea volver a la Argentina.

Su legado vampírico aún vive en descendientes ocultos en la pampa.

La saga conecta pasado y presente: ¿y si los vampiros federales nunca fueron derrotados del todo?

Capítulo I: El Caudillo y la Sangre

La luna llena se alzaba sobre Palermo. Sus rayos plateados bañaban los jardines de la residencia del Restaurador, donde los rosales parecían florecer con un brillo espectral. El silencio de la noche se quebró con un sonido profundo: un crujido de ataúd que se abría bajo tierra.

De la oscuridad emergió Juan Manuel de Rosas. Su uniforme federal relucía como si nunca hubiera tocado el polvo de la guerra. Sus ojos, rojos como brasas encendidas, contemplaban la pampa infinita. En su boca, los colmillos brillaban con un hambre antigua.

Esta noche la sangre unitaria volverá a correr murmuró con voz grave, casi un rugido.

A su lado, uno a uno, comenzaron a levantarse sus soldados vampiros. Vestían ponchos colorados, sus sombras alargadas parecían alas de murciélagos. No eran hombres comunes: eran la guardia nocturna de Rosas, una Mazorca de colmillos y garras.

El aire se llenó de un silbido. Era la corneta federal, pero soplada en clave de muerte. Los caballos, negros como la noche, emergieron de las tinieblas con ojos brillantes y espuma sanguinolenta en las fauces.

Rosas montó su caballo, un alazán espectral al que llamaban Lucero de la Noche. El animal golpeaba la tierra con sus cascos, levantando chispas rojas como brasas.

¡Federales! tronó Rosas, con la voz que hacía temblar a vivos y muertos. ¡Es hora de cazar!

Un grito colectivo, mitad alarido humano, mitad chillido animal, se expandió como un eco infernal por los campos.

Los vampiros federales cabalgaron hacia las barrancas del río, donde un grupo de unitarios dormía confiado. El silencio se quebró en un instante: alas de murciélagos cubrieron el cielo, los cuchillos brillaron, y la sangre corrió como un río carmesí sobre la hierba.

En el centro de la masacre, Rosas descendió de su caballo. Tomó de los cabellos a un joven oficial unitario y clavó sus colmillos en la garganta. La sangre manó caliente, tiñendo su uniforme colorado.

El caudillo cerró los ojos y bebió profundamente, como si absorbiera no solo la vida, sino también la voluntad de sus enemigos.

Así gobierna el Restaurador —susurró, con los labios manchados de rojo.

Cuando el sol comenzara a asomar, él y sus soldados volverían a descansar bajo las bóvedas secretas de Palermo, hasta la próxima noche. Porque Rosas no era solo un caudillo. Era el vampiro eterno de la Federación.


Novela de la Saga de Juan Manuel de Rosas

 Juan Manuel de Rosas: El romántico federal

En la primera mitad del siglo XIX, cuando Buenos Aires y la Confederación vivían en medio de guerras civiles, pasiones políticas y luchas por el poder, Juan Manuel de Rosas encarnó no solo la figura del caudillo fuerte, sino también la del hombre romántico, atravesado por sentimientos intensos, ceremonias de honor y una sensibilidad marcada por el amor y la lealtad.

Rosas era un hombre que combinaba disciplina con afecto. Dueño de una mirada penetrante, sabía inspirar respeto y, al mismo tiempo, una extraña atracción. En la tradición romántica, se lo recuerda como alguien que valoraba los pequeños gestos: una flor en el ojal, una cinta roja en el pecho, un saludo ceremonioso a las damas. Era severo en la política, pero galante en el trato social.

Su relación con Encarnación Ezcurra es quizás la mejor prueba de ese costado romántico. Juntos formaron una pareja política y sentimental inseparable, donde el amor y la lealtad se confundían con la causa federal. Encarnación lo alentaba, lo sostenía y lo defendía con una pasión que rozaba lo épico, mientras Rosas le correspondía con admiración y ternura, una ternura que pocas veces se mostraba en público, pero que se manifestaba en cartas, recuerdos y confidencias.

El romanticismo de Rosas también se reflejaba en su vínculo con la tierra y las tradiciones. El campo, los caballos, las danzas criollas y la música lo emocionaban profundamente. No era casual que exigiera a su tropa vestir la divisa punzó: el rojo era el color de la pasión, de la sangre y de la vida, un símbolo que él mismo cargaba como si fuera un estandarte de amor a la Patria y de lealtad al federalismo.

Para sus seguidores, Rosas representaba el ideal del caudillo romántico: fuerte en la guerra, sensible en el hogar, fiel a la palabra dada, amante de las tradiciones y de la sencillez criolla. Para sus enemigos, ese mismo romanticismo se teñía de autoritarismo y obsesión. Pero, más allá de los juicios, lo cierto es que Rosas vivió intensamente, con la fuerza pasional de los románticos de su época, donde la política se mezclaba con el honor, el amor y hasta con la tragedia.

Rosas, el romántico federal

En las tertulias porteñas, cuando los músicos rasgueaban una guitarra y la penumbra de los faroles apenas iluminaba los rostros, Juan Manuel de Rosas no pasaba desapercibido. Su figura erguida, su mirada firme y sus maneras corteses lo volvían un personaje magnético. No hablaba demasiado, pero cuando lo hacía, cada palabra parecía cargar con un peso de hierro y, al mismo tiempo, con una ternura inesperada.

Encarnación Ezcurra, su compañera, solía decir que Rosas no era de gestos vanos, sino de silencios profundos. En las cartas que le enviaba cuando estaba en campaña, él no describía batallas ni planes militares, sino recuerdos sencillos: el perfume del jazmín en su quinta de Palermo, la risa de sus hijos, o la forma en que la brisa movía las cintas punzó en el mástil de su casa.

Ese costado íntimo era el que lo hacía un romántico. Porque Rosas no concebía la política sin pasión, ni la vida sin símbolos. La cinta roja en el pecho era más que un signo partidario: era un juramento de amor, tanto a la Patria como a quienes le eran fieles.

Los viajeros europeos que lo conocieron lo describieron como un hombre de modales elegantes, dueño de una cortesía casi aristocrática. Sin embargo, detrás de esa severidad se escondía un espíritu sensible. Cuando recorría los campos de San Martín o Los Cerrillos, solía detenerse a contemplar el amanecer. Para él, la pampa abierta no era solo territorio de guerra: era escenario de poesía.

Y en medio de sus responsabilidades, encontraba siempre un espacio para el gesto galante. Se cuenta que, en una ocasión, en una fiesta de campaña, tomó una ramita de ceibo en flor y se la entregó a Encarnación, diciéndole con voz baja:

El ceibo es fuerte, pero también hermoso. Como vos.

Ese era Rosas: un hombre que mezclaba la dureza del hierro con la delicadeza del romanticismo. Un caudillo que podía dictar órdenes implacables en el campo de batalla y, al mismo tiempo, guardar un pañuelo bordado por su hija como el más sagrado de los amuletos.

Capítulo I: El caudillo y la pasión

La ciudad de Buenos Aires, a comienzos de la década de 1830, vibraba con los rumores de las tertulias y el retumbar de cascos en las calles empedradas. El Río de la Plata traía brisas saladas que se mezclaban con el perfume de los jazmines en las casas de San Telmo.

En esas noches, cuando las damas lucían vestidos claros y los caballeros se disputaban la mirada de una mujer con un gesto, un brindis o un verso, había un nombre que no podía pronunciarse sin que los ojos se encendieran: Juan Manuel de Rosas.

Llegaba casi siempre vestido de negro, con la divisa punzó en el pecho. Su figura era austera, pero su presencia llenaba el salón. No era un hombre de palabras largas, y sin embargo, cada silencio suyo decía más que un discurso. Las mujeres lo observaban con una mezcla de temor y fascinación. Los hombres, en cambio, lo respetaban, aunque más de uno ardía en celos por la atención que despertaba.

Encarnación Ezcurra, su compañera inseparable, era consciente de esa atracción. Y lejos de sentirse opacada, encontraba en ello el reflejo del magnetismo del hombre que había elegido. Cuando Rosas la miraba, todo el salón se desvanecía. Eran ellos dos, solos, en medio del bullicio. Ella, con su firme carácter, lo empujaba siempre a más. Él, con la serenidad de un caudillo, la hacía sentir la única mujer del mundo.

Pero Rosas también sabía jugar el papel del seductor. En más de una tertulia se inclinaba hacia una dama joven y, con la galantería de la época, le ofrecía una flor o le dedicaba un cumplido apenas murmurando:

La Patria necesita bellezas como la suya, señora… porque sin ellas, no habría causa que valiera la pena defender.

Era un romanticismo a la criolla: mezcla de política, pasión y símbolo. Para Rosas, el amor y el poder caminaban juntos, como dos caballos que tiraban del mismo carro.

Y así, entre cintas punzó, valses improvisados y la mirada penetrante del Restaurador, comenzaba a tejerse la leyenda de un hombre que no solo gobernaba con la espada y la palabra, sino también con la fascinación y el misterio de los románticos de su tiempo..


Capítulo II: Encarnación, el fuego y el amparo

En la quinta de Palermo, cuando el ruido de la ciudad se apagaba y solo quedaba el canto lejano de algún gallo perdido en la madrugada, Rosas se despojaba de su uniforme. El hombre de la divisa punzó, el Restaurador de las Leyes, dejaba paso al Juan Manuel íntimo, aquel que solo conocía una mujer: Encarnación Ezcurra.

Ella lo esperaba con un pañuelo bordado en las manos y una mirada que ardía como un farol en la penumbra. No había miedo ni sometimiento en sus ojos: había fuerza, complicidad, desafío. Encarnación era su igual.

Te has pasado el día entero entre caballos y hombres armados le reprochaba suavemente

¿Y acaso te olvidás de que también tenés un corazón?

Rosas sonreía apenas, y en esa sonrisa se dibujaba el otro Rosas: el que guardaba cartas perfumadas, el que recordaba el aroma del jazmín en sus pagos, el que no dudaba en inclinarse para besar la frente de su compañera como si fuera un rito secreto.

Se querían con pasión, pero también con política. Encarnación lo alentaba en cada decisión, lo empujaba a afirmarse frente a unitarios y conspiradores. El amor entre ellos era más que sentimental: era un pacto de hierro, tejido con ternura y con sangre.

A veces, cuando la noche caía y el silencio lo cubría todo, Rosas le susurraba:

Encarnación, si alguna vez me caigo, serás vos quien me levante.

Ella lo miraba fijo y respondía:

Y si alguna vez te caés, caeremos juntos. Porque lo nuestro no lo quiebra ni la muerte.

Era un amor romántico en el sentido más profundo: pasión, destino y tragedia unidos en una sola llama.


Capítulo III: El seductor de la divisa punzó

Las tertulias de Buenos Aires eran un escenario donde se mezclaban política, música y susurros de amor. En los salones iluminados por candelabros, las damas lucían encajes franceses y los caballeros recitaban versos de Echeverría o improvisaban décimas criollas.

Cuando Rosas entraba, la conversación se detenía unos segundos. No era solo el Restaurador quien aparecía, sino un hombre cuya presencia dominaba el aire. Vestido con sobriedad, siempre con la divisa punzó, caminaba entre los invitados con el mismo aplomo con el que recorría la pampa a caballo.

Las mujeres lo observaban con una mezcla de curiosidad y deseo. Algunas lo temían por su fama de caudillo inflexible, pero más de una no podía apartar la vista de su porte altivo y de sus modales caballerescos. Rosas lo sabía, y jugaba con ese magnetismo.

En una ocasión, durante un baile en San Telmo, se acercó a una joven viuda de mirada tímida. Tomando una flor del ramo de la mesa, se la entregó con un gesto lento, casi ceremonial:

Dicen que el rojo es el color de la guerra le susurró con voz grave. Yo digo que es el color del corazón.

La dama enrojeció, mientras los demás invitados murmuraban. Rosas continuó como si nada, convidándola a un minué.

No era un conquistador vulgar; su seducción estaba en los gestos pequeños, en la intensidad de la mirada y en la seguridad de sus palabras. Para muchas, representaba el ideal romántico del hombre fuerte que, aun entre fusiles y decretos, sabía detenerse a contemplar la belleza de una mujer o el vuelo de una mariposa en el patio de su casa.

Esa dualidad el caudillo implacable y el galán romántico alimentaba la leyenda. Y en cada tertulia, mientras los músicos hacían sonar las guitarras, más de una dama regresaba a casa preguntándose si, tras esa mirada de acero, se escondía un corazón que ardía como los suyos.

Ariel Agustín Quiroz 

Instituto de Investigaciones Históricas J M de Rosas del Pdo. de la Costa

miércoles, 25 de junio de 2025

PROYECTO DE CREACIÓN Y FUNCIONAMIENTO DEL INSTITUTO DE INVESTIGACIONES HISTÓRICAS “JUAN MANUEL DE ROSAS” DEL PARTIDO DE LA COSTA

Fundamentación

El Partido de La Costa posee una riqueza histórica y cultural que ha sido, en gran parte, invisibilizada o narrada desde perspectivas que omiten su verdadero valor geopolítico, social y simbólico. Desde los tiempos coloniales hasta los enfrentamientos del siglo XIX, el territorio conocido como Rincón de Ajó ha sido testigo y protagonista de hechos fundamentales para la construcción de la soberanía nacional.

En este contexto, la figura de Juan Manuel de Rosas, gobernador de Buenos Aires, líder federal y defensor de la soberanía nacional ante el intervencionismo extranjero, se vuelve central. Rosas no sólo tuvo una relación directa con este territorio, sino que dejó un legado que hoy sigue interpelando la identidad nacional, el federalismo, la defensa de los intereses del pueblo y la autodeterminación política.

Por ello, proponemos la creación del Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas del Partido de la Costa, como un espacio de estudio, reflexión, formación, preservación y difusión del pasado nacional y regional, articulando la historia con el presente y proyectándola hacia el futuro desde una mirada crítica y popular.

Objetivos

1. Investigar y difundir la historia del Partido de la Costa con eje en el pensamiento federal, nacional y popular.

2. Revalorizar el legado de Juan Manuel de Rosas en el territorio bonaerense y su vínculo con la región costera, especialmente el Rincón de Ajó.

3. Formar conciencia histórica en la comunidad, especialmente en jóvenes y estudiantes, para fortalecer la identidad cultural local y nacional.

4. Generar actividades educativas, culturales y turísticas que integren la historia con el desarrollo social y económico.

5. Preservar la memoria histórica a través de archivos, exposiciones, publicaciones y jornadas conmemorativas.

Ejes de trabajo

Investigación histórica: publicaciones, proyectos académicos, estudios sobre la época federal y el siglo XIX.

Educación y formación: talleres, jornadas, charlas en escuelas, centros culturales y universidades.

Patrimonio y turismo histórico: señalización de sitios históricos del Partido de la Costa vinculados a Rosas, los federales, los Libres del Sur y las luchas populares.

Cultura y arte con identidad: impulso a producciones culturales, artísticas y comunitarias con perspectiva histórica.

Propuesta institucional

El Instituto se conformará como una organización cultural y educativa sin fines de lucro, con articulación público-privada, abierta a la participación de investigadores, docentes, estudiantes, vecinos y militantes del pensamiento nacional.

Funcionará como:

Archivo y centro documental.

Espacio de formación.

Coordinador de actividades culturales y conmemorativas.

Referente local ante instituciones provinciales y nacionales dedicadas a la historia argentina.

En tiempos donde la historia es disputada, silenciada o manipulada según intereses ajenos al pueblo, el Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas del Partido de la Costa se propone como una trinchera de memoria, verdad e identidad. Un espacio de militancia cultural que reivindique lo nuestro, fortalezca la conciencia histórica de los pueblos y aporte a la construcción de una Argentina justa, libre y soberana.

Ariel Agustín Quiroz 
Revisionista de la Historia Argentina 

Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas del Partido de la Costa.

Contacto: 2252-403118
E-mail: instituto.cultural.rosas@gmail.com