martes, 20 de julio de 2021

LA ESTANCIA (1817)

 

LA ESTANCIA (1817)

La hacienda de don Andrés Hidalgo tenía tres habitaciones: la principal era un cuarto de cuarenta y dos pies de largo y quince de ancho, sin chimenea ni ventanas, y el todo construido de paredes de caña, cubiertas por dentro, y por fuera, de arcilla (barro). Las pocas vigas que formaban los apoyos las habían traído del Monte del Tordillo, distante dieciocho leguas, y estaban sujetas con tiras de cuero como todas las casas de las pampas, pues no se conocen en ellas los clavos; las puertas las hacen comúnmente con pieles de toro extendidas en marcos de madera. Don Andrés poseía el terreno que había querido elegir para mantener tres mil doscientas cabezas de ganado vacuno y trescientos caballos. Esta posesión se consideraba como un establecimiento pequeño y lo habían formado en el año anterior. Algunas estancias tenían veinte mil cabezas de ganado vacuno y caballos, asnos y muías en proporción. Un peón o vaquero tiene a su cuidado mil cabezas de ganado, y su obligación es contarlos por la mañana y tarde y hacer volver a la piara las que se descarrían. En un día claro, puede distinguirse con la simple vista desde la casa de Hidalgo la elevada cumbre de la Sierra del Volcán que se halla a veinte leguas al sur.
Don Andrés festejó por espacio de seis días a sus compañeros de viaje; durante ellos se divirtieron en cazar venados, en correr a los avestruces, en tirar a las ánades silvestres, a las palomas y a las codornices, las cuales abundan infinito. Las perdices eran tan mansas, o más bien tan torpes, que el modo usual de matarlas es a palos. Un hombre a caballo mató de esta manera una porción en cinco minutos; abundan tanto en todas partes, que en el mercado de Buenos Aires se venden muchas veces a menos de peseta la docena.
Los avestruces producen mucho interés a los que atraviesan las pampas; algunas veces se ven en tropas de veinte o treinta; aleando con gallardía por las suaves ondulaciones de la llanura a medio tiro de pistola unos de otros, como si estuvieran en guerrilla. Sus pichones se domestican fácilmente y toman pronto cariño a los que los cuidan; pero son muy incómodos, porque cuando son grandes, corren por los alrededores de la casa y se tragan las monedas, alfileres y todo pedacillo de metal que puedan atrapar ...
Los viajeros comieron un día con don José Pita, uno de los compañeros que formaban la partida que salió de Buenos Aires y cuya estancia estaba a cuatro leguas de la de Hidalgo y era la más avanzada en dirección meridional. Allí se encontraron paseando a un cacique, con sus mujeres, sus hijos y unos cuantos de comitiva; algunos hablaban un poco el español... Tenían pintadas las caras con sanare de caballo y llevaban plumas. Su tez natural es de color de cobre, pelo largo, y de un negro reluciente... El trato con los indígenas debe producir grandes ganancias porque una piel de tigre que valía ocho duros en Buenos Aires, la compraron en el camino por veinticuatro reales... los viajeros dedicaron un día a visitar un pueblo o campamento indio con los cuales era don Andrés muy popular.
Estos indios, como todos los demás, tienen la costumbre inveterada de pedir cuanto ven y se les antoja de lo que llevan los extranjeros: pañuelos de bolsillo, guantes, látigos, cortaplumas, lapiceros, y los botones de metal se los quitaron de las manos...

GUILLERMO MILLER

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