viernes, 24 de octubre de 2025

BOLETIN DE OCTUBRE

Rosas en los altares

Durante el segundo gobierno de Juan Manuel de Rosas (1835–1852), la figura del Restaurador alcanzó una dimensión simbólica que trascendió la política, transformándose en una especie de culto civil-religioso. Este fenómeno, conocido como “Rosas en los altares”, mezcló los rituales católicos con el fervor político federal, generando una devoción pública sin precedentes hacia un gobernante.

La sacralización del Restaurador

Rosas fue proclamado “El Restaurador de las Leyes” y se lo consideraba el garante del orden, la religión y la patria. En templos, oficinas y casas particulares se colocaban retratos suyos junto a imágenes sagradas, acompañados de la inscripción:

Viva la Santa Federación! ¡Mueran los salvajes unitarios

Los altares con su retrato, a menudo rodeado de velas, flores y cintas rojas, eran una expresión de lealtad política y devoción simbólica, donde la imagen del caudillo se fundía con la del orden divino.

Si bien Rosas mantuvo una relación tensa pero pragmática con la Iglesia Católica, comprendió el valor político de la religión como instrumento de cohesión social.

Permitió procesiones y misas federales.

Usó símbolos religiosos en su propaganda.

Y promovió la idea de que su autoridad provenía de Dios.

Algunos sacerdotes incluso predicaban que obedecer a Rosas era obedecer a la voluntad divina, consolidando así la figura del Restaurador como un “ungido del Señor”.

El altar simboliza la patria.

Los sacerdotes y fieles representan al pueblo federal.

Las velas y ornamentos evocan la idea del poder bendecido por lo divino.

Es una escena alegórica que retrata cómo el rosismo convirtió al líder en un símbolo casi místico, mezcla de gobernante, protector y santo político.

El culto a Rosas fue un fenómeno de su tiempo, producto de la lealtad popular, el control político y la devoción simbólica. Tras su caída en 1852, los enemigos del rosismo interpretaron este fenómeno como idolatría política, pero hoy los historiadores lo ven como una manifestación cultural del nacionalismo temprano argentino, donde el pueblo buscó en Rosas un eje de unidad y fe.

“Rosas en los altares” es más que una anécdota religiosa: es la expresión visual del vínculo profundo entre fe, patria y autoridad durante la Santa Confederación.

La imagen del Restaurador en los altares representa un momento donde el poder político se volvió objeto de culto, y la religión, instrumento de identidad nacional.

Por Ariel Agustín Quiroz 

Juan Manuel de Rosas y la Iglesia Católica

La relación entre Juan Manuel de Rosas y la Iglesia Católica fue una de las más firmes y estratégicas de su gobierno. Rosas entendía que la religión era un pilar fundamental del orden social, y la utilizó como instrumento de cohesión moral y política en un tiempo de guerras civiles y desunión nacional.

Rosas sostenía que sin religión no podía haber autoridad ni respeto. Consideraba que la Iglesia era una institución esencial para mantener la moral del pueblo, por eso promovió:

El culto católico oficial como religión del Estado.

La enseñanza religiosa en escuelas.

El respeto estricto a los ritos, procesiones y festividades católicas.

Bajo su gobierno, se fomentó una fuerte identidad católica y federal, donde Dios, la Patria y el Orden eran inseparables.

Rosas mantuvo vínculos cercanos con el clero porteño y del interior.

Muchos sacerdotes federales apoyaban su causa, predicando la obediencia y la fidelidad al Restaurador.

Rosas protegió a los religiosos que respaldaban su autoridad y, al mismo tiempo, expulsó a los curas opositores o vinculados con los unitarios.

El púlpito fue una herramienta política: desde allí se legitimaba su gobierno como defensor del orden cristiano frente al caos liberal.

Rosas mantuvo la doctrina del Patronato, que daba al Estado poder de decisión sobre los asuntos de la Iglesia en el país.

Esto significaba que:

El gobierno debía aprobar los nombramientos eclesiásticos.

Controlaba la correspondencia con el Vaticano.

Limitaba la influencia directa de Roma sobre el clero local.

Aunque respetuoso del Papa, Rosas defendía la soberanía nacional frente al poder extranjero, incluso el religioso.

No todo fue armonía. Algunos miembros del clero criticaron el autoritarismo rosista y su persecución a opositores.

En respuesta:

Rosas impuso censura religiosa, prohibiendo sermones o escritos contrarios a su gobierno.

Los curas unitarios fueron desterrados o confinados.

Sin embargo, esta represión se justificaba en nombre de la defensa del orden, la fe y la Patria.

El gobierno rosista integró la iconografía católica a su propaganda política:

Las imágenes de la Virgen y los santos aparecían junto a los símbolos federales.

El lema ¡Viva la Santa Federación! se pronunciaba junto a ¡Viva Jesucristo!.

En los actos públicos se mezclaban ceremonias religiosas con celebraciones políticas.

Esto generó una fusión entre religión y patriotismo, donde la figura de Rosas se veía casi como un enviado de la Providencia.

La relación entre Rosas y la Iglesia Católica fue una alianza política y espiritual.

El Restaurador comprendió que la fe católica era el alma del pueblo argentino.

La Iglesia, a su vez, halló en Rosas un protector frente al liberalismo y la anarquía.

Aunque hubo tensiones, su gobierno marcó una de las etapas más religiosas y conservadoras del siglo XIX argentino, donde Dios, la Patria y Rosas fueron parte de una misma devoción popular.

Rosas defendía la religión católica no solo como fe, sino como fundamento del orden y la soberanía nacional.

Por Ariel Agustín Quiroz

La Santa Confederación Argentina

Durante el segundo gobierno de Juan Manuel de Rosas (1835-1852), la Confederación Argentina alcanzó su máxima organización política y su identidad ideológica más definida.

En este contexto surgió la expresión “Santa Confederación Argentina”, que reflejaba no solo un orden político, sino también una visión moral, religiosa y patriótica del país.

Tras años de guerras civiles entre unitarios y federales, Rosas asume nuevamente el poder en 1835 con facultades extraordinarias para restaurar el orden y la unidad nacional.

Desde Buenos Aires gobernó en nombre de la Confederación Argentina, un conjunto de provincias soberanas unidas bajo su autoridad moral y política.

En ese período, Rosas buscó consolidar tres pilares fundamentales:

1. La Religión Católica como base espiritual.

2. La Soberanía Nacional frente a potencias extranjeras.

3. El Orden y la Autoridad como garantía de paz.

Estos principios dieron origen al concepto de “Santa Confederación”, expresión que fusionaba el poder político con el sentido religioso del destino argentino.

El adjetivo “Santa” no fue casual: representaba la defensa de la fe católica frente a los valores liberales y anticlericales que venían de Europa y de los unitarios exiliados.

Rosas proclamó que la Confederación debía ser “santa” porque:

Defendía la religión católica apostólica romana como única fe del pueblo.

Rechazaba la influencia del protestantismo y del laicismo extranjero.

Elevaba la política al plano moral y espiritual, viendo a la Patria como una misión sagrada.

Así, la Santa Confederación Argentina se presentaba como una nación providencial, elegida por Dios para mantener la tradición, la religión y la soberanía.

Durante este período, el catolicismo se integró profundamente a la identidad política federal:

Los actos oficiales y las batallas se abrían con oraciones.

Los soldados federales juraban fidelidad a la Patria ante el crucifijo.

Las fiestas patrias incluían misas y procesiones.

El lema “¡Viva la Santa Federación! ¡Viva Jesucristo!” se convirtió en un grito popular.

El pueblo veía en Rosas un instrumento de la voluntad divina, destinado a defender la fe y el orden contra los enemigos internos y externos.

La Santa Confederación también tuvo una dimensión internacional:

Rosas debió enfrentar las presiones del bloqueo francés (1838-1840) y luego del bloqueo anglo-francés (1845-1850).

En ambos casos, las potencias extranjeras justificaban su intervención diciendo que querían “liberar” el comercio o “proteger” a los exiliados unitarios.

Rosas respondió con una firmeza patriótica:

Los pueblos de la Confederación están resueltos a ser libres, independientes y católicos, o morir en defensa de su religión y de su suelo.

Esta resistencia convirtió a la Confederación en un símbolo de soberanía moral y espiritual frente al imperialismo europeo.

Rosas creía que el orden federal no era solo una forma de gobierno, sino una expresión del orden natural querido por Dios.

Por eso, perseguía el caos político y el liberalismo con la convicción de estar defendiendo un principio sagrado.

La obediencia, la familia, la religión y el trabajo eran valores centrales del pueblo federado.

La Santa Confederación Argentina fue más que una denominación política:

fue una idea moral, religiosa y patriótica que unió a las provincias bajo una causa común:

Dios, la Patria y el Orden.

El segundo gobierno de Rosas dio forma a esta visión:

un país soberano, profundamente católico y celoso defensor de su identidad nacional frente al extranjero y la anarquía interna.

Rosas se veía a sí mismo como el Restaurador del Orden y la Fe, y su pueblo lo consideró el guardián de la Santa Confederación.

La Santa Confederación Argentina fue el último bastión del orden cristiano y nacional frente al liberalismo que avanzaba sobre América.

SJuan Manuel de Rosas utilizaba la Cruz del Sur como símbolo distintivo para marcar su ganado, sus pertenencias y, en algunos casos, también como emblema personal.

La Cruz del Sur (la constelación austral visible en el cielo nocturno del hemisferio sur) fue adoptada por Rosas como marca de identidad y poder.

Este símbolo se usaba en:

Las marcas de fuego del ganado de sus estancias, como “Los Cerrillos” y “El Pino”.

Los aperos, banderas y sellos de su administración rural.

El estandarte personal que lo identificaba como jefe de la Campaña del Sur y luego como Gobernador de Buenos Aires.

La Cruz del Sur representaba el orden, la fe y la identidad nacional del territorio austral.

Para Rosas y sus seguidores, simbolizaba una alianza entre el poder terrenal y el divino, una forma de consagrar la causa federal bajo la protección de Dios.

También tenía un fuerte sentido criollo y gauchesco, ya que era la constelación guía de los hombres del campo.

En documentos de la época y testimonios de viajeros británicos, se menciona que el ganado de Rosas podía reconocerse fácilmente “por la cruz de fuego marcada en el lomo”, haciendo referencia justamente a este símbolo.

Por Ariel Agustín Quiroz


ALEGORÍA DE LA ÉPOCA DE ROSAS

Autor: Bernabé Demaría (Argentina, 1854)

Basada en: Las tentaciones de San Antonio, de David Teniers el Viejo (1582–1649)

Técnica: Óleo sobre tela

Ubicación actual: Museo Histórico de la Ciudad de Buenos Aires “Cornelio de Saavedra”

El cuadro, conocido como “Alegoría de la época de Rosas”, forma parte del patrimonio exhibido por el Museo Histórico de Buenos Aires “Cornelio de Saavedra”. Fue realizado en 1854 por el artista argentino Bernabé Demaría, quien adaptó la célebre obra flamenca Las tentaciones de San Antonio de David Teniers el Viejo.

Demaría copió casi textualmente la composición de Teniers, pero introdujo dos cambios significativos:

1. Invierte horizontalmente la imagen, posiblemente porque se basó en una reproducción grabada.

2. Sustituye a dos de los monstruos originales por las figuras de Juan Manuel de Rosas y Justo José de Urquiza, dándoles un carácter alegórico y político.

Estos reemplazos transforman la escena religiosa original centrada en las tentaciones del santo en una sátira política sobre la Argentina de mediados del siglo XIX, tras la caída de Rosas en 1852.

La obra utiliza el lenguaje visual del barroco flamenco para criticar el contexto político argentino posterior a Caseros.

Rosas, vestido con uniforme militar, representa el demonio del autoritarismo y el pasado reciente de la tiranía.

Urquiza, como segundo demonio, simboliza la ambigüedad del nuevo orden político.

El conjunto de brujas, diablos y seres grotescos alude a la corrupción moral, el fanatismo y las intrigas que marcaron la política nacional.

La presencia de ambos líderes puede interpretarse como una defensa de la separación del “Estado de Buenos Aires” respecto del resto de la Confederación, posición política que el propio Demaría sostenía como diputado bonaerense.

Bernabé Demaría (1815–1888) fue un artista y político porteño vinculado al liberalismo ilustrado de la época. Su obra se inscribe en el proceso de reconstrucción cultural de Buenos Aires después del régimen rosista.

La pintura fue expuesta en 1856 en el Salón del Recreo, un espacio de sociabilidad porteña donde se mostraban obras de arte, se leían diarios nacionales y extranjeros, y se presentaban ingeniosos artefactos ópticos. Allí, la “Alegoría de la época de Rosas” causó gran impacto por su audacia simbólica y su crítica política.

La “Alegoría de la época de Rosas” es una pieza clave del arte político argentino del siglo XIX.

Artísticamente, conjuga el lenguaje pictórico europeo con la sátira nacional.

Históricamente, documenta las tensiones ideológicas tras la caída del rosismo.

Culturalmente, refleja cómo el arte se convirtió en vehículo de opinión, memoria y reconstrucción de identidad.

Hoy, la obra puede visitarse en el Museo Histórico de Buenos Aires “Cornelio de Saavedra”, ubicado en Av. Crisólogo Larralde 6309, CABA, donde integra el acervo permanente del museo.

Museo Histórico de Buenos Aires “Cornelio de Saavedra”

Dirección: Av. Crisólogo Larralde 6309, Ciudad Autónoma de Buenos Aires.





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